Corrientes Católica

La Villa 20 y su parroquia: un espacio al servicio de la comunidad

El Grito del Sur conoció por dentro la parroquia María Madre de la Esperanza, donde funciona un hogar para jóvenes que transitan problemas de consumo y la cocina en donde bancan una olla popular todos los días.

El sol pega fuerte y rompe con el viento frío que azota a la ciudad. Las dársenas sobre Francisco Fernández de la Cruz se van llenando con las personas que vuelven de sus trabajos. Los departamentos, alineados en bloques idénticos, se imponen como gigantes de ladrillo que comienzan a tapar ese sol de invierno, y con él, los últimos rayos de calor que dará ese día.

Esa parte nueva, hija de un proceso de urbanización que inició en el año 2016 y continúa -aunque con menos rigor- hasta el día de hoy, se denomina “Barrio Papa Francisco”. Pero más allá, pasando por una loma natural, se encuentra el barrio original: la Villa 20 de Lugano.

Por la calle Miralla, el camino se torna cuesta arriba. La respiración cuesta y las piernas lo sienten. La loma es alta, ahora está asfaltada. Pero allí por donde pasa el tren, todavía se ve el resabio de aquella extensión verde. Las casas ahí son más bajas y las propiedades horizontales, el sol vuelve a colarse aunque con menos fuerza. El barrio huele a tortilla casera en casi todas las esquinas.

Marcos vive hace 45 años en el barrio, su casa se encuentra en la parte vieja. A pocos metros, se encuentra la parroquia María Madre de la Esperanza. Su vida está inexorablemente ligada a la historia del barrio: desde la cancha de golf enfrente de las casas nuevas, hasta las topadoras de los militares que querían erradicar el barrio en la dictadura. La canchita en la que jugaba al fútbol, que era más grande pero el asfalto se comió una parte. Un potrero convertido en una cancha enrejada de césped bien recortado. Y ahí enfrente, la entrada trasera a Maria Madre de la Esperanza; la parroquia contaba con su propia canchita, con un mural que reza “Hace el bien” entre arco y arco. Y de sus puertas, emerge el párroco Oscar.

Su rostro demuestra una juventud asombrosa: tiene apenas 38 años. Los ojos achinados, un poco por su ascendencia boliviana y un poco por la leve sonrisa que no se le borraría nunca, dibujaban unas leves arrugas alrededor de su mirada. Una mirada sincera y gentil, pero dura como el barrio mismo.

El Grito del Sur conoció la parroquia por dentro, donde funciona el hogar para jóvenes que transitan problemas de consumo y la cocina en donde bancan una olla popular todos los días. “La parroquia prepara todos los días alrededor de 700 raciones de comida y tenemos aproximadamente 350 familias anotadas”, cuenta Oscar. “En cuanto al centro de día en consumo, están viniendo entre 30 y 35 personas que hacen un proceso de recuperación. Algunos están en situación de calle y otros viven en familia”, agrega.

Dentro del espacio de la parroquia se desarrollan distintas actividades destinadas a acompañar a las personas que asisten al lugar. Cada día de la semana se cuenta con una propuesta diferente. Los lunes se incorporó un taller de manualidades con una modalidad cercana al arteterapia. Ese mismo día, al igual que los viernes, también participan profesionales vinculados al SEDRONAR, mientras que una vecina de la comunidad coordina los martes un nuevo espacio de arteterapia.

En tanto, los miércoles se lleva adelante un grupo de acompañamiento en el que los participantes, junto con el equipo de trabajo, realizan un seguimiento semanal de sus procesos personales, sus objetivos y los proyectos que buscan concretar. Además de brindar contención en el día a día, el espacio permite evaluar y proponer alternativas de tratamiento, como la derivación a centros de día u otros hogares con los que la parroquia articula su trabajo. El objetivo es que quienes lo necesiten puedan iniciar un proceso de recuperación en un ámbito especializado, más allá del espacio parroquial.

Dentro del hogar le dan un espacio tanto a hombres como mujeres, con equipos especializados para las distintas problemáticas que atraviesan los grupos. Muchas veces también reciben a familias enteras, padres con problemáticas de consumo que se acercan a la parroquia con sus hijos. Oscar expresa: “Cuando empezamos solamente arrancamos con los varones, y después se fueron sumando algunas chicas que venían, que también empezaron a venir con los hijos. Esto es un tema, porque es un espacio de adultos, pero también tenés chicos. Vienen a desayunar con ellos, siempre están con los adultos, y después tienen que llevarles a la escuela o al apoyo escolar, para que no estén acá toda la mañana”. Según Oscar, en la parroquia conviven como una familia, sin distinciones.

La recorrida siguió por los espacios de taller de la parroquia: barbería, panadería (que olía deliciosamente a esencia de vainilla) y radio, todos espacios reformados con la fuerza de trabajo de la comunidad y de los párrocos. Oscar y Marcos revivieron algunas anécdotas, ya que el segundo había sido monaguillo allí hacía mas de 30 años. Luego entramos en la capilla, nos persignamos y caminamos hasta una gigantografía, que mostraba la historia del barrio y la última dictadura civico-militar: los padres, las monjas, y Juan Carlos “Negrito” Martinez, vecino del barrio, “fervoroso hincha de San Lorenzo y cantor”, secuestrado y desaparecido el 19 de agosto de 1976; demostrando que ni el barrio ni la Iglesia olvidan a sus habitantes.

Mientras asomaba lentamente la noche, el aroma de la tortilla seguía impregnando el lugar, como si las brasas se negaran a aceptar el final. Oscar y Marcos nos despidieron con sonrisas que seguirán iluminando la memoria y con anécdotas que, como los mejores viajes, nunca terminan, aún cuando uno emprende el regreso.

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