Desde el siglo XVIII hasta hoy, la Cruz de los Milagros forma parte del corazón espiritual de San Roque. Entre relatos, reliquias y memorias familiares, su historia refleja la identidad profunda de un pueblo marcado por la fe.

En San Roque, la fe no es solo una tradición. Es una herencia viva que se transmite de generación en generación. En el centro de esa identidad espiritual se encuentra la Cruz de los Milagros cuya historia, profundamente arraigada en la memoria colectiva, es reconstruida por el historiador local Adolfo Proz como un entramado de relatos, objetos sagrados y celebraciones populares que atraviesan más de dos siglos. La festividad de La Cruz se conmemora este 3 de mayo en la provincia.
“Soy Adolfo Proz, historiador sanroqueño”, se presenta. Y desde allí comienza a desandar para época una historia que se remonta a los orígenes mismos del pueblo: “San Roque es uno de los pueblos más antiguos de la provincia de Corrientes, fundado en 1773, el 11 de octubre”.
Aquella fundación, en el paraje Paso de Blas, frente al Paso San Blas del río Santa Lucía, no solo marcó el nacimiento de una comunidad, sino también de una tradición religiosa profundamente arraigada.
“Este es un pueblo histórico de mucha fe religiosa”, afirma Proz, y agrega: “Sus habitantes atesoran imágenes del pasado que fueron quedando como reliquia”.
Entre ellas, la Cruz de los Milagros ocupa un lugar central. Una de las piezas más valiosas, conservada hoy en el Museo de Arte Sacro creado en 1982, es “una talla del siglo XVIII, de 56 centímetros, hecha en cedro”, considerada “la imagen más antigua que conserva el pueblo”.
Pero la historia de la Cruz en San Roque no se limita a una sola imagen. Por el contrario, se multiplica en distintas tallas dispersas en parajes rurales y barrios urbanos, cada una con su propio recorrido familiar y comunitario.
“San Roque era muy popular con la fiesta de la Cruz de los Milagros, tanto en el pueblo como en las colonias vecinas”, recuerda el historiador.
Las celebraciones, especialmente en ámbitos rurales, alcanzaban gran convocatoria. “Hay gente mayor que recuerda la fiesta del paraje Rosado Grande, de la familia Aquino. Era una gran fiesta, terminaba con un baile”, cuenta. Esa talla, como muchas otras, aún se conserva, hoy en manos de descendientes en el barrio Norte.
El mapa de la devoción se extiende por lugares como Naranjito, Yasuká o el barrio Libertad. En cada sitio, una cruz, una familia y una historia.
“Otra reliquia era la de paraje Naranjito, propiedad de la familia Díaz Siempre para esta fecha le hacen el novenario. Ya no fiestas grandes como antes, pero sigue”, explica Proz, marcando el cambio en las formas, pero no en la esencia de la tradición.
En Yasuká, por ejemplo, existieron dos tallas importantes. Y entre ellas, una se destaca por su singularidad: “Es llamativo porque es de una talla de un metro y medio de quebracho colorado y es de una sola pieza, es decir que el árbol formó la cruz”. Ese dato, casi mítico, refuerza el carácter sagrado que la comunidad atribuye a estos objetos.

En el casco urbano, las cruces también tejieron su propia geografía espiritual. Familias como los Acosta, Torre o Riola custodiaron durante décadas estas imágenes.
“La familia Riola tiene su hermosa y coqueta capilla siempre le hacen el festejo, muy lindo”, describe. Muchas de estas piezas cambiaron de manos o incluso de provincia, pero siguen ligadas a la memoria sanroqueña.
El relato de Proz también conecta la historia local con la tradición mayor de la Cruz de los Milagros en Corrientes. Retoma allí el testimonio de Hernán Félix Gómez, quien narra un episodio en el que el gobernador Joaquín Madariaga recibe la visita de una mujer vestida de blanco luego identificada como la Virgen de la Merced que le advierte sobre movimientos enemigos. En agradecimiento, se ordenó construir un nuevo altar para la cruz fundacional.
Ese episodio incluye un detalle revelador: al intentar ubicar la cruz en el altar, “resultó chico, no entraba”, por lo que debieron cortarla. “Más de 10 centímetros”, precisa Proz, quien subraya además que se comprobó que la madera era de curupay puitá, una especie nativa.
Centralidad
La centralidad de San Roque en la región también explica la expansión de esta devoción. “La parroquia San Roque era la parroquia madre”, señala el historiador. Desde allí dependían localidades como Goya, Esquina, Concepción y Curuzú Cuatiá, lo que consolidó su rol como núcleo religioso.
Un hecho clave ocurrió en 1805, con la visita pastoral del obispo Benito de Lué y Riega. “Dejó importantes escritos”, recuerda Proz, y destaca una decisión que impactó directamente en la tradición: el traslado de la fiesta de la Cruz de los Milagros.
“Antes se hacía el 3 de abril, junto con la fundación de Corrientes, pero muchas veces coincidía con Semana Santa”, explica.
La resolución, acatada desde 1806, desplazó la celebración a una fecha posterior, permitiendo consolidar un calendario propio para esta devoción.
Ese ajuste institucional, sin embargo, no alteró el fervor popular, que continuó expresándose en novenarios, procesiones y encuentros comunitarios.
Hoy, aunque las grandes fiestas rurales ya no tienen la magnitud de antaño, la Cruz de los Milagros sigue siendo un símbolo vigente en San Roque. Vive en las capillas familiares, en las vitrinas del museo, en las historias contadas por los mayores y en los gestos de fe que se repiten cada año.
La reconstrucción de Adolfo Proz no solo documenta un pasado, sino que revela la persistencia de una identidad. En cada cruz, en cada relato, late la historia de un pueblo que encuentra en la fe una forma de continuidad. Porque en San Roque, la Cruz no es solo un objeto sagrado. Es memoria, pertenencia y comunidad.



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