Corrientes Católica

Por primera vez en diez años, se consagrará una virgen en la catedral porteña

Marcela Patricia Chiguay, chilena de 48 años radicada en la Argentina, recibirá el anillo nupcial el 11 de julio. Pasó 18 años en la vida religiosa antes de descubrir el Ordo Virginum.

A los nueve años, Marcela Patricia Chiguay tuvo un sueño que la marcó para siempre. Vio imágenes de personas que sufrían y escuchó una voz: “Conforma tu vida a Cristo, tienes que reparar tu propia vida para reparar esas almas”. Desde ese momento, explica en declaraciones a AICA, le dijo que sí a Dios. Cuatro décadas después, el próximo 11 de julio, recibirá de manos del arzobispo de Buenos Aires el anillo nupcial que la consagrará como virgen para toda la vida. Será la número 280 en la Argentina.

Chiguay tiene 48 años, es chilena, vive en la Argentina desde 2011 y tiene residencia permanente. Estudia Psicología -“algunas materias por terminar, pero yendo a mi tiempo”- y participa hace años en un grupo de música litúrgica. Antes de llegar al Ordo Virginum, pasó 18 años como religiosa en una congregación dedicada al Sagrado Corazón; vivió en Roma durante el pontificado de Juan Pablo II; trabajó como voluntaria en Brasil y le escribió una carta al papa Francisco. El lema que eligió para su consagración sintetiza en palabras de San Pablo el eje de toda su vida: “Vivir es Cristo”.

La celebración tendrá un marco especial: será la primera consagración de una virgen en la catedral metropolitana de Buenos Aires en más de diez años, lo que le otorga un carácter singular incluso dentro del propio Ordo Virginum argentino, que en el resto del país celebra entre cinco y diez consagraciones por año.

 

De un sueño a Roma, de Roma al mundo
El camino de Chiguay hacia la consagración virginal no fue lineal. Desde pequeña participó activamente en su parroquia en Chile -a los cuatro años ya cantaba en el coro de niños- y a los 19 años, el día de la Medalla Milagrosa, dejó su país para comenzar la formación religiosa inicial en Roma. Allí vivió más de cinco años, en tiempos del Jubileo del año 2000, junto a hermanas de África, Albania y otros países. “Las fronteras se abrieron enormemente”, recuerda. “Un bagaje y una riqueza enorme, de la cual siempre estoy agradecida”. En ese período llegó también a cantar en el Vaticano.

Sin embargo, hace casi once años, ya en Argentina como religiosa, comenzó un proceso de reorientación. En ese tiempo conoció al presbítero Nicolás Mialjevic, sacerdote que había sido confesor del entonces cardenal Jorge Bergoglio durante treinta años, y le escribió una carta al papa Francisco. La respuesta pontificia la invitó a “ser dócil al Espíritu Santo, seguir a Jesús el Maestro, pero donde Él me llevara y disponible a lo que Él quisiera”.

Fue en Brasil, durante una adoración eucarística, donde percibió con claridad el siguiente paso. “Me di cuenta que Cristo era el reparador inicial, el restaurador de todo”, cuenta. Y que el camino que ella necesitaba era uno “quizás más libre”. Pidió la secularización, pasó tres años más en Brasil como voluntaria en instituciones dedicadas al cuidado de personas vulnerables, y regresó a la Argentina. “Seguía en oración, seguía buscando cuál es la forma, y siempre teniendo en cuenta este tipo de consagración en la Iglesia”.

Y hace cuatro años que tomó contacto formalmente con el Ordo Virginum. “Si bien históricamente la conocía, también históricamente me atraía su sentido de estar en el mundo: no de pertenecer al mundo, pero estar en él-“.

Una vocación que no para de crecer
El Ordo Virginum es una de las formas de vida consagrada más antiguas de la Iglesia -anterior incluso a los primeros monasterios- y al mismo tiempo una de las menos conocidas. En la Argentina, sin embargo, los números revelan otra realidad: según datos del propio Orden, hay actualmente 279 vírgenes consagradas en 41 diócesis, desde Orán hasta Comodoro Rivadavia, de Puerto Iguazú a San Rafael.

La primera diócesis en instaurar el rito fue la arquidiócesis de Buenos Aires, el 5 de mayo de 1973; la última en sumarse, la arquidiócesis de Salta, el 26 de abril de 2025. Desde la restauración litúrgica de la vocación en 1971, el Ordo Virginum registra entre cinco y diez consagraciones por año en el país.

El perfil predominante de las candidatas: mujeres laicas de entre 35 y 45 años, con una profesión previa -catequistas, abogadas, médicas, psicólogas, docentes- que se sostienen con su propio trabajo. El proceso hasta llegar al rito implica un año de discernimiento y entre dos y cinco años de formación inicial, supervisados por el obispo de cada diócesis. Una vez consagradas, el acompañamiento continúa a través del Servicio de Formación Permanente, presidido por monseñor Sergio Fenoy, obispo delegado de la CEA, con retiros mensuales, anuales y encuentros nacionales.

A diferencia de las religiosas que profesan votos ante una superiora, la virgen consagrada no pertenece a ninguna congregación: queda vinculada directamente a su Iglesia diocesana, disponible para el obispo del lugar. Los signos externos que recibirá Chiguay son el anillo nupcial -“en la mano derecha, no en la mano del matrimonio: es una distinción que hay que hacer”- y la Liturgia de las Horas, que ya reza desde los 19 años. En Buenos Aires no se entrega velo, de acuerdo con las directivas del obispado dentro del marco de la instrucción que el papa Francisco promulgó en 2018, “Imagen de la Iglesia Esposa”, reconocida por el Ordo Virginum argentino como impulso decisivo de “esta fecundidad floreciente” de la vocación.

“Más que nada, esta consagración pública viene a confirmar lo que ya uno viene viviendo en el silencio, en las pequeñas cosas, en el día a día”, explica Chiguay. “Y de estar disponible a la Iglesia diocesana, principalmente con la oración”.

“Estamos hechas para entregar vida”
Cuando se le pregunta por las renuncias, Chiguay prefiere otro encuadre. “A esta altura no sé si son tantas renuncias. He dejado país, familia, amistades, historias. Pero me parece que más que renuncia es la elección del cada día: unirme más a Dios. Esto me viene, esto no; esto me lleva a Él, esto sí, esto no”.

Sobre qué gana a cambio, responde sin dudar: “La verdad, en ese sentido no tengo mucha ambición. No me interesa ganar nada. Me interesa ser fiel a Cristo, corresponderle y vivir para Él. Lo importante es esta transformación interior que se llama conversión”.

El mensaje que le deja a las mujeres jóvenes parte de la misma convicción: “La vocación es un don de Dios. Él nos escoge no por méritos, no porque sea uno la mejor ni por capacidades. No tengan miedo de que Dios las llame: principalmente las llama a la vida, a la alegría, a una vida plena”. Y concluye con la certeza que guía su propia historia: “Como mujeres estamos hechas para entregar vida. Y al vivir unidas a la vida misma, que es Cristo, eso es una riqueza enorme que el mundo hoy necesita”.

Desde el Ordo Virginum de Argentina definen esta vocación con una imagen evangélica: es un llamado “que crece en silencio en el corazón de la Historia, como la levadura en la masa, como la sal que, escondida da sabor”.

Comentar!

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.