
Un mensaje de fe, amor, alegría y esperanza llegó a los barrios de Concordia a través de decenas de misioneros que, durante los primeros días de enero, expresaron con gestos sencillos y concretos el amor de Dios que anima sus vidas. Esa experiencia culminó el 12 de enero con la misa de clausura de la Misión Diocesana de Verano, celebrada en la parroquia Inmaculada Concepción.
La celebración marcó el cierre de un tiempo de anuncio, cercanía y encuentro con las familias de una misión que buscó llevar la presencia de la Iglesia allí donde la vida cotidiana reclama consuelo, escucha y acompañamiento.
Como eco de lo vivido, el presbítero Fabricio Ponce, asesor de la Infancia y Adolescencia Misionera (IAM) e integrante del Equipo Diocesano de Animación Misionera, afirmó que vivir en clave misionera implica “anunciar y compartir lo que hemos visto y oído”. En ese sentido, señaló que la misión nace de una experiencia personal de encuentro con Dios que transforma la vida y que luego se comunica a otros como un don recibido.
Brindar, compartir y anunciar
El sacerdote subrayó además que la fe se vuelve fecunda “cuando la brindamos, la compartimos y la anunciamos” a todos los hermanos, sin distinciones, como expresión concreta del amor cristiano.
Con la mirada puesta en el camino de la Iglesia en Concordia, el presbítero recordó que desde hace un tiempo se asumió la misión como un estilo permanente y como fruto de un proceso de discernimiento comunitario y de escucha atenta de la Palabra de Dios.
Al referirse a los desafíos actuales, destacó la necesidad de continuar el camino de salida, especialmente “salir de nosotros mismos”, aprender a mirar la realidad con los ojos de Jesús y dejarse interpelar por el sufrimiento de tantos hermanos. En esa línea, invitó a asumir el compromiso de acompañar, auxiliar y sanar heridas, a ejemplo del buen samaritano, en realidades concretas que esperan y reclaman una respuesta.


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